A los 18 años ya era conductor. Sin estudios universitarios, pero con disciplina y ambición, Gonzalo Villaseca aprendió desde abajo el oficio del transporte. Hoy, a sus 40 y tantos, acaba de cumplir uno de sus mayores sueños: comprar su primer G8 0 km a Epysa Buses, consolidando un camino que comenzó con torpeza, como él mismo dice, pero que siempre estuvo guiado por un afán de superación.
“Yo soy hijo de un antiguo colaborador de Viatur, no heredé nada, partí en cero. Lo único que me sobraba era hambre para salir adelante”, recuerda. Esa hambre fue su motor desde que acompañaba a su padre en los talleres, engrasado entre motores y repuestos. “El estudio te ayuda, pero yo me eduqué con libros, con la calle y con el trabajo. Elegí el camino del emprendedor”.
La independencia llegó temprano. Un productor de televisión le pidió coordinar transporte para una teleserie en Viña. “Con mi señora Ale dijimos: vamos con todo. Ella embarazada y yo reclutando camionetas. En dos semanas ganamos más de lo que jamás habíamos visto”. Ese fue el inicio de su empresa. Poco después llegaron las primeras Sprinter, compradas con pie y cuotas apretadas.
La ambición, dice, no era por codicia, sino por crecer. “La codicia te hace pisar a otros, la ambición te hace mirar más arriba”. Así, mientras otros se conformaban, él soñaba con buses.

Crisis y reinvención
El camino no estuvo exento de golpes. En 2019 probó con una línea interprovincial, pero el mal manejo lo hizo salir rápido. Luego vino el estallido social y la pandemia, que casi lo dejan en la quiebra. “Una mano adelante y otra atrás, literalmente. Tuvimos que sacar a los niños del colegio y reinventarnos. Pero apareció un colega del rubro que me ofreció trabajo en minería y en un mes facturé más que en toda mi historia”.
De esos días aprendió resiliencia.
La compra del primer G8
En 2024 llegó su primer doble piso cero kilómetro y en septiembre de este año dio el salto definitivo: un Marcopolo G8, símbolo de madurez empresarial. “No quería comprar por capricho. El secreto es crecer controlado. Hoy puedo decirle a un cliente: tengo un bus Marcopolo G8 del 2026. Y eso marca la diferencia”.
El proceso no fue fácil: años de buses usados, de créditos complicados y de cheques cubiertos a último minuto. “Lo primero que hay que hacer cuando partes de cero es no volverse loco con los números. El éxito está en la calma y en tener los pies en la tierra. El apoyo de Epysa Buses también fue estratégico en esta decisión”, comenta.
Hoy Gonzalo Villaseca lidera una flota cercana a 20 buses y 40 colaboradores. Su prioridad es la gente: “Yo puedo endeudarme en material nuevo, pero si mis conductores no hacen bien la pega, no sirve de nada. Por eso los cuido: fondos a rendir en vez de viáticos, descanso digno, cercanía. Mis trabajadores son mi carta de presentación en la ruta”.
Su meta es clara: crecer a 50 buses en los próximos años, pero siempre con control. “No somos un gigante, pero hemos hecho las cosas bien, con calma y firmeza. Prefiero demorarme diez años más, pero con los pies en la tierra”, señala.
Cuando se le pregunta por el futuro, responde sin titubeos: “Sigo teniendo hambre de crecer, de aprender, de dar trabajo. Eso no se apaga nunca”.
De cara a sus hijos — Agustín, Emilia y Gaspar — busca transmitir ese mismo valor. “Yo no les regalo nada fácil. Quiero que aprendan a administrar, que trabajen afuera antes de llegar acá. Eso se enseña con el ejemplo”.
Al mirar en perspectiva, Gonzalo no habla solo de buses ni de contratos. Habla de su padre engrasado en los talleres, de su madre sosteniendo la casa, de su esposa Alejandra Acevedo empujando cada paso y de sus hijos aprendiendo el valor del esfuerzo. “El verdadero patrimonio no son los buses nuevos, sino la historia que queda grabada en la familia y en la gente que trabaja contigo”, enfatiza.
Ese es, quizá, su mayor triunfo: demostrar que, aunque se parta con las manos vacías, con disciplina y corazón se puede llegar muy lejos.






