Entrevista a Tito Nazar, Fundador de Empresas Nazar
Por Anita Hidalgo Vásquez
Salam. “Bienvenido”. Eso significa su nombre en árabe, el saludo que cuelga en tantas casas de su memoria. Hijo mayor de inmigrantes que hicieron patria en Tomé, creció entre telas, cuentas por pagar y el vértigo de un negocio familiar que hubo que sostener cuando su padre murió y él apenas tenía 22 años. De ese origen, áspero y noble, heredó una brújula simple: levantarse temprano, agradecer el trabajo y no olvidar al que viene detrás.

Con los años llegó Santiago. El primer gran giro fue en 1976: un frigorífico brasileño, Savory que fue el cliente que confió y un contrato mensual que pronto mutó en una cartera de servicios. No hubo golpe de fortuna: hubo persistencia, cuadernos escritos a mano, kilómetros de trabajo duro y una intuición que lo acompañó toda la vida: rodearse de personas mejores. “Las cosas no se hacen solo —dice—. Hay que saber escuchar, dejar que el que sabe, haga; darles herramientas y pedirles cuentas”.
Noventa años y una rutina de hierro. Camina dos kilómetros al día —“la doctora me los exige” – más dos litros de agua. Así, recorre patios y talleres. Lo buscan por “don Tito”, por el apretón de manos y la pregunta que nunca falta: “¿Cómo está la familia?”. No habla de cifras ni de curvas de demanda; habla de rostros. Le conmueve, de verdad, cuando un conductor le cuenta que con su sueldo pagó la universidad del hijo. “Eso vale más que cualquier cifra. Dar trabajo es un privilegio”.
Su liderazgo se ha construido a la vista de todos: en la pizarra del turno, en el andén de carga, en la mesa larga del casino. Sabe que el respeto empieza por casa: agua caliente, ropa y calzado, comedor digno, sueldo el día 30 y leyes sociales al día. Lo que parece obvio, no siempre lo es. Por eso insiste en que la exigencia solo es legítima cuando la empresa cumple primero. Ese contrato moral, recíproco, explica mucho de la lealtad que se respira en los patios.
También conoce el temple de las caídas. Hace dos décadas lo atropellaron un domingo camino a misa: cuarenta días de clínica y el recuerdo nítido de un pensamiento obsesivo puesto en frase directamente a su sobrino Miguel, quien es hoy el Director Ejecutivo de Transportes Nazar: “no te olvides de pagar las contribuciones mañana”. Sobrevivió con humor, con tenacidad y con esa mezcla de responsabilidad y fe que lo ha mantenido de pie. “Mientras pueda ayudar aquí, vengo —dice—. El que sabe, debe estar”.

La familia es su otra trinchera. Se casó tarde con Ana María —también de la colonia—es padre de dos hijos y abuelo orgulloso de siete nietos. Confiesa una única nostalgia: no haber vuelto con la frecuencia soñada a la tierra de sus mayores, – Belén – hoy quebrada por la guerra. A falta de viaje, sostiene una tradición que ya es su legado: ir a Tomé, contar historias, juntarse con sus amigos tomecinos. Nombres, fechas, anécdotas, barrios. La memoria como abrazo y como guía para los que siguen.
No romantiza el pasado. Ve cambios que duelen —la prisa, el celular que distrae—, pero prefiere apostar por la formación y el ejemplo. Junto a Miguel – que lo acompañó en toda esta entrevista – defiende el diálogo con el sindicato, la conversación diaria que evita incendios, la presencia del jefe en el patio, no en el segundo piso. “Los gerentes no pueden ser inalcanzables. Cuando uno está, la gente se siente vista”. Le llaman “embajador”, “relacionador público”, “influencer” interno; él ríe y encoge los hombros: solo hace lo que aprendió en Tomé.

El tamaño de lo que levantó impresiona — dos mil trabajadores, 800 camiones—, pero él reduce todo a una idea sencilla: “se llega con hambre y se crece con equipo”. Hambre no de carencia, sino de propósito; equipo no de organigramas, sino de personas con oficio y palabra. Por eso, cuando se le pregunta cómo quisiera que se recordara su obra, responde sin grandilocuencia: “No lo hice yo solo. Tuve suerte de rodearme de buenos”.
Tito no manejó camiones —salvo aquella única vuelta a la plaza de Tomé, cuando llegó el primero—, pero conduce algo más complejo: una cultura. La de saludar por el nombre, pagar a tiempo, exigir con respeto, cuidar los detalles que dignifican. La de entender que una empresa es, antes que todo, una comunidad de trabajo.
“¿Hasta cuándo va a venir a la empresa?” —le preguntamos—. “Hasta el mismo momento”, contesta. Y uno entiende que ese “mismo momento” no es una fecha; es una manera de estar. Estar para escuchar, para corregir, para agradecer. Estar para recordar que, en Chile, todavía hay próceres que no se levantan a los aplausos, sino al alba.
Salam, don Tito. Bienvenido siempre.








